lunes, noviembre 06, 2006

El estrés nos ayuda y también nos mata

Cuantas veces lo hemos sentido. El corazón nos late rápidamente, una extraña sensación de “mariposeo” en el estómago”, la respiración acelerada, la boca reseca. Estas y otras manifestaciones de nuestro cuerpo nos indican, sin duda alguna, que estamos pasando por una situación de estrés. Para muchas personas en nuestra sociedad contemporánea esta parece ser una situación cotidiana y pareciera como si se hubiesen acostumbrado a vivir así. Otras no padecen de unas manifestaciones tan dramáticas, al menos no diariamente, pero día a día sienten un cierto nivel de ansiedad, temor o preocupación cuya causa muchas veces no pueden determinar. Estas personas también están bajo la influencia del estrés y aunque no se den cuenta poco a poco su salud física y emocional se va deteriorando.

Muchas veces hemos escuchado el término estrés y damos por sentado que puede afectar nuestra felicidad al igual que nuestra satisfacción con la vida y con lo que hacemos. Algunos están conscientes, además, de que el estrés de alguna forma puede afectar nuestro corazón o causarnos problemas gastrointestinales. Sin embargo, pocos están conscientes de que el estrés es responsable de mucho más. El estrés está relacionado con numerosas enfermedades, en algunos casos como el causante principal y en otros, como factor contribuyente, entre ellas: hipertensión, arteriosclerosis, cáncer, artritis reumatoidea, problemas gastrointestinales, problemas cardiacos, depresión, problemas de la memoria, desórdenes de la piel y asma. El estrés es también sumamente dañino para las personas que padecen de diabetes. De hecho, se ha estimado que entre el 60 y el 90 porciento de las visitas a los médicos tienen que ver con problemas en los que el estrés está de una u otra forma involucrado. Más aún, se sabe que un estado prolongado de estrés puede, incluso, acelerar el proceso de envejecimiento. ¿Cómo es esto posible? Para comenzar a entender esto veamos primeramente algo de lo que sabemos acerca del estrés y sus efectos tanto benéficos como perjudiciales. Si, dijimos benéficos, porque aunque usted no lo crea, el estrés es una reacción normal de nuestro organismo y es necesario para la vida y hasta para sentirnos felices. Los problemas con el estrés surgen cuando éste se dispara cuando no es necesario y cuando permanece activado por tiempo prolongado.

Pero no nos adelantemos. Veamos primeramente qué es el estrés .

¿Qué es el estrés?
Pensemos en un automóvil al cual le imponemos subir rápidamente una empinada cuesta. Para lograr esto, el motor y otras partes de éste deberán trabajan con mayor intensidad. Durante este tiempo el gasto de gasolina del vehículo es mayor que en condiciones normales. Pero más aún, si este vehículo tuviera que subir cuestas similares continuamente y esta situación se prolongara durante días, semanas y meses pronto veríamos que la vida útil del mismo se reduciría notablemente. El motor, la transmisión y otras piezas vitales se desgastarían aceleradamente. Pues bien, al igual que en el caso del vehículo que hemos descrito cuando nos enfrentamos a un peligro inminente nuestro cuerpo tiene que hacer un esfuerzo superior a lo normal para luchar o escapar. El mecanismo del estrés es el encargado de proveer la preparación y la energía adicional que se necesita en esos momentos. Por medio de este mecanismo nuestra fuerza y agilidad aumentan, reaccionamos más rápidamente y nuestra atención se concentra totalmente en el problema. Si esto ocurre de cuando en vez; no sobrepasa ciertos límites y no se prolonga demasiado tiempo, podemos volver a la normalidad sin problemas mayores. Sin embargo, cuando el estrés es continuo o sobrepasa ciertos límites tiene efectos altamente nocivos.
Aunque ya el fisiólogo norteamericano Walter Cannon había descrito El moderno concepto de estrés fue formulado durante la década de 1930 por Hans Selye, un médico endocrinólogo de origen austriaco que desarrolló su carrera en Canadá.

Selye estaba llevando a cabo un estudio con ratas a las cuales les inyectó un extracto de ovarios que recientemente había sido aislado por un bioquímico que trabajaba en la misma universidad que Selye. Selye quería saber los efectos de esta sustancia. Tras varios meses Selye descubrió que las ratas tenía úlceras pépticas, las glándulas adrenales agrandadas y un encogimiento del timo, una glándula involucrada en la respuesta del sistema inmunológico. Selye pensó que había descubierto los efectos de el extracto de ovarios. Sin embargó al repetir su estudio y comparar un grupo de ratas a las cuales se les había inyectado meramente una solución salina con otro al que se le había inyectado el ya mencionado extracto se dio cuenta que ambos grupos presentaban las mismas úlceras pépticas al igual que los daños en las glándulas adrenales y el sistema inmunológico. Selye se dio cuenta de que el extracto de ovarios no podía ser la razón de lo que le sucedía a las ratas. Lo que él no había tenido en cuenta pero después resultó ser la clave del misterio era que Selye no era diestro manejando las ratas. En el proceso de inyectarlas muchas veces se le caían o escapaban y tenía que pasar buen rato persiguiéndolas. A veces no lograba inyectarlas de la primera vez. Selye pensó que tal vez los daños presentados por las ratas se debían a lo poco placenteras que resultaban ser las condiciones a las que las estaba sometiendo. Para probar esta idea sometió un grupo de ratas a condiciones de frío intenso otras a fuerte calor, a otras las obligó a llevar a cabo ejercicios y a otras las sometió a procedimientos quirúrgicos. Al final observó que todas desarrollaron los mismos daños que las primeras ratas. Selye razonó que lo que le sucedía a las ratas era causado por cualquier situación desagradable no importa su origen o naturaleza. A este conjunto de respuestas, que hoy conocemos como la respuesta de estrés, Selye lo llamó el síndrome de adaptación general y lo dividió en tres etapas cada una de las cuales consiste en una serie de reacciones fisiológicas. A la primera la llamó la etapa de alarma.

La etapa de alarma se produce cuando el estresor es detectado. Supongamos que nos topamos con alguien que quiere agredirnos con un cuchillo. Nuestro cuerpo responde activando una región del cerebro llamada el hipotálamo. El hipotálamo lleva a cabo dos acciones simultáneas. Por un lado estimula al sistema nervioso simpático (la parte del sistema nervioso que controla los procesos automáticos de nuestro cuerpo como el ritmo cardíaco, la respiración y la digestión) el cual envía señales a la parte central de las glándulas adrenales, localizadas sobre los riñones para que produzcan las hormonas epinefrina y norepinefrina (también conocidas como adrenalina y noradrenalina). La segunda acción del hipotálamo consiste en la liberación de una sustancia llamada hormona liberadora de la corticotropina. Esta sustancia viaja hacia la glándula pituitaria localizada debajo del hipotálamo y la estimula para que produzca la hormona adrenocorticotrópica (ACTH). Esta hormona, a su vez, viaja a través de la sangre y al llegar a las glándulas adrenales estimula la corteza de éstas para que produzcan una hormona llamada cortisol,. El efecto de todo esto es el de mobilizar el organismo para lidiar con el estresor. El mensaje del hipotálamo a través sistema nervioso simpático por viajar a través de impulsos nerviosos es el primero que llega a las glándulas adrenales de modo que la epinefrina y la norepinefrina son las hormonas que dan comienzo a la reacción de estrés. La adrenalina hace que el corazón lata más rápidamente, aumenta la presión arterial, estrecha los pequeños vasos sanguíneos de la piel y el sistema digestivo a la vez que dilata los de los músculo de las piernas, hace que el hígado libere glucosa aumentando así el nivel de esta en la sangre, dilata las pupilas, nos hace reaccionar más ráidamente, aumenta el ritmo de la respiración y contrae ciertos músculos y relaja otros. La noradrenalina por su parte aumenta la fuerza de las contracciones del corazón y tiene un efecto vasopresor (contrae los vasos sanguíneos). Trabaja conjuntamente con la epinefrina para liberar energía de las grasas, preparar los múculos y acelerar el corazón. El cortisol, por su parte tiene efectos antiinflamatorios, ayuda al cuerpo a obtener energía de las grasas y los carbohidratos. El propósito de todo esto es prepararnos para la acción. En esta etapa inicial prácticamente todo el cuerpo responde al estado de emergencia. Se produce un aumento del ritmo cardiaco, la presión arterial y el ritmo de la respiración. Además se movilizan las reservas de energías del cuerpo, se inhibe el proceso de digestión de los alimentos y el metabolismo, se desactivan los mecanismos que regulan el crecimiento y buena parte del sistema inmunológico. Esto es útil a corto plazo ya que permite utilizar los recursos bioquímicos del cuerpo para enfrentar la amenaza. La persona está en un estado de preparación máxima. Muchas veces, en esta etapa se logra superar la emergencia, por ejemplo si la persona logra evitar una amenaza corriendo.

Si la amenaza permanece un tiempo adicional se entra en la segunda etapa. En esta en lugar de el cuerpo responder como un todo se producen una serie de respuestas locales. Los niveles de cortisol, epinefrina y norepinefrina se reducen hasta quedar solamente un poco sobre lo normal. Durante esta etapa la capacidad de enfrentar el peligro es alta y puede permanecer así durante un tiempo considerable. Si las respuestas de la segunda etapa son insuficientes para eliminar el estresor, se produce eventualmente la tercera etapa, que es la de agotamiento. En esta etapa los niveles de las hormonas de estrés vuelven a subir y el cuerpo nuevamente se moviliza como un todo. Si durante esta última etapa el estresor no es eliminado rápidamente, la persona sufre una serie de daños fisiológicos y psicológicos que pueden incluso llevar a la muerte. Según Selye esto sucede porque las hormonas segregadas durante la respuesta de estrés se agotan.

Sin embargo, según investigaciones recientes lo que sucede no es en realidad que las hormonas o las glándulas que las producen se agoten. Esto ocurre en muy pocas ocasiones. Lo que sucede más bien es que llega el momento en que la respuesta de estrés resulta ser tanto o más dañina que el mismo estresor.

Continuaremos

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